CULTURA

‘Las mil y una’: deseo adolescente desde los márgenes

El arranque de ‘Las mil y una’ guarda un claro paralelismo con el de ‘Girlhood’ (2014) de Céline Sciamma. Ambas películas se ambientan en barrios digamos periféricos, la primera en el de las Mil Viviendas de la ciudad argentina de Corrientes, donde creció la directora Clarisa Navas, y la segunda en una ‘banlieue’ parisina. Y los dos filmes se inician con las respectivas protagonistas regresando de un entreno deportivo en el que ocupaban el centro del espacio. A medida que se adentran en sus barrios, las jóvenes se ven obligadas a resituarse en los márgenes para evitar a los chicos que, con sus piropos, ademanes y posicionamientos, marcan el territorio desde su masculinidad normativa.

Aunque solo la veremos jugar en la cancha en una escena, Iris (Sofía Cabrera) aparece a lo largo de toda el metraje de ‘Las Mil y Una’ vestida con ropa deportiva, sobre todo con camisetas de equipo de baloncesto, y el pelo siempre recogido en una coleta. Desde su imagen, la protagonista ya se desvía de cierta idea de feminidad hegemónica a la que se supone debería aspirar. Cuando habla o se agobia, tiende a taparse el rostro con la camiseta. Al comentar su vida sexual, la muchacha se presenta como “un ángel”, no le gusta beber alcohol y a priori evita los juegos de las cuadrillas del barrio para propiciar el magreo en los rincones oscuros. Iris vive su sexualidad como una experiencia en proceso de definición que no se proyecta en ninguna categoría concreta. Aunque más lanzados, algo parecido sucede con sus dos mejores amigos, la pareja de hermanos Darío (Mauricio Vila) y Ale (Luis Molina), con los que siempre anda. El deseo de Iris despierta al conocer a Renata (Ana Carolina Guerra), una muchacha mucho más decidida y con mayor experiencia que ella que ha regresado al barrio tras una temporada viviendo fuera y acarrea cierta “mala fama”.

Clarisa Navas debutó en el largometraje con ‘Hoy partido a las 3’ (2017), en que ya ofrecía una mirada insólita a la vida de barrio desde un equipo de fútbol femenino amateur. Con ‘Las Mil y Una’ entronca con una larga tradición de cine queer que ha puesto en evidencia cómo el desafío a la normatividad sexual y de género se ha efectuado sobre todo desde los márgenes socioeconómicos, como en el cine español ya dejaron claro el primer Almodóvar, el Ventura Pons de ‘Ocaña, retrat intermitent’ (1975) o la filmografía de Eloy de la Iglesia.

La película entronca con una tradición de cine que desafía la normatividad sexual

Ya desde su inicio, ‘Las Mil y Una’ construye el universo emocional de los jóvenes protagonistas a partir también de su relación con el barrio. El diseño urbanístico de un distrito como el del filme implica una frontera mucho más difusa de lo habitual entre la esfera privada y la pública. No existe una delimitación tan firme entre unidades familiares convencionales, por lo que los personajes comparten su vida con sus vecinos o forman su propia familia con otras personas del lugar. Iris pasa muchas horas apiñada con sus dos amigos en su pequeña habitación, lo que subraya el fuerte vínculo de amistad que les une. A través de un espléndido diseño realista del sonido, la directora plasma cómo esa serie de ruidos de la calle o de los vecinos que deberían quedar en un segundo plano se inmiscuyen en el primer plano que ocupan los personajes.

El reducido tamaño de las viviendas obliga a llevar a cabo mucha más vida fuera de casa. De la misma forma que los habitantes de este barrio se mezclan con mayor facilidad que los de otro tipo de zonas residenciales, los dimes y diretes también se propagan más rápido. El que afecta a Renata tiene que ver con si es seropositiva. Aunque el filme no convierte este prejuicio en el tema central, la propia afectada apunta una queja ante el privilegio de quienes se pueden permitir mejores cuidados y prevención en lo que a salud sexual se refiere.

Cuando se mueve por exteriores, la cámara de Clarisa Navas sigue a Iris a través de largos planos secuencia, a la manera de los que instauró Béla Tarr en ‘Satantango’ (1994) y popularizó ese otro gran abanderado del cine queer que es Gus van Sant en ‘Elephant’ (2003). La protagonista recorre su barrio por callejones y pasadizos como si el lugar careciera de un centro, interior o exterior, al que dirigirse o del que alejarse. Este fluir en unos márgenes que se niegan a definirse a partir de una centralidad predeterminada tiene mucho que ver con la propia experiencia de los protagonistas respecto al género y la sexualidad. ‘Las Mil y Una’ es una magnífica muestra de estas nuevas formas de representación de una juventud que, sin grandes discursos ni dramatismos, desafía los patrones heteronormativos pero también las narrativas tradicionales asociadas a la homosexualidad. Y lo hace a través de la reivindicación de la vida en el barrio como espacio en los márgenes que facilita este desvío de lo establecido.

 

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